Inflación subyacente

La inflación subyacente es la variación de precios que queda al excluir del IPC los componentes más volátiles: la energía y los alimentos frescos. No mide lo que cuesta vivir, sino la tendencia de fondo de los precios, y por eso es la medida que vigilan los bancos centrales.

El IPC general incluye todo lo que consumen los hogares, y eso lo hace fiel pero ruidoso. Una ola de frío que arruina la cosecha de hortalizas o una subida del crudo pueden mover el índice general varias décimas en un mes y revertirlo al siguiente. Ese vaivén no dice nada sobre si la inflación está realmente instalada en la economía. La subyacente filtra ese ruido.

Qué excluye exactamente

No hay una definición única, y conviene saber cuál se está usando:

Las tres familias buscan lo mismo: separar el componente persistente de la inflación del componente transitorio. Las diferencias metodológicas explican por qué dos países pueden dar cifras de subyacente poco comparables aunque su IPC general sí lo sea.

Por qué la miran los bancos centrales

La política monetaria actúa con retraso: entre una subida de tipos y su efecto pleno sobre los precios suelen pasar entre uno y dos años. Un banco central que reaccionara a cada movimiento del IPC general estaría persiguiendo choques que ya habrán desaparecido cuando su decisión surta efecto, y añadiría volatilidad en lugar de restarla.

Además, el objetivo de estabilidad de precios se define sobre el índice general a medio plazo, no sobre la subyacente. La subyacente no es un objetivo: es un instrumento de diagnóstico. La pregunta que responde es "¿hacia dónde converge el IPC general cuando se agoten los efectos temporales?".

La regla práctica de las dos velocidades

Cuando el IPC general está por encima de la subyacente, el impulso viene de energía y alimentos: suele ser transitorio y tiende a corregirse solo. Cuando el IPC general está por debajo de la subyacente, la energía está abaratándose pero la inflación de fondo sigue viva: es la situación que más preocupa a un banco central, porque la buena noticia del titular esconde un problema persistente.

Efectos de segunda ronda: cuando lo transitorio se vuelve permanente

La distinción entre volátil y persistente no es hermética. Un encarecimiento sostenido de la energía acaba filtrándose a la subyacente por dos vías. Primero, por costes: transportar, refrigerar y fabricar cuesta más, y las empresas de servicios y manufacturas repercuten esa factura. Segundo, por salarios: si el coste de la vida sube durante meses, los trabajadores lo llevan a la mesa de negociación, y ahí puede arrancar una espiral precios-salarios. Cuando la subyacente empieza a subir tras un choque energético, la señal es clara: el choque ha dejado de ser un choque.

Dentro de la propia subyacente, los analistas separan además bienes industriales de servicios. La inflación de servicios es la más inercial —depende sobre todo de salarios y de márgenes— y por eso se toma como el mejor termómetro de si la inflación está anclada o no.

Sus límites

La crítica evidente es que nadie vive en la subyacente: los hogares comen, calientan su casa y llenan el depósito. Una autoridad que celebre una subyacente contenida mientras el recibo de la luz se dispara pierde credibilidad ante la ciudadanía, y ese desajuste alimenta la brecha entre inflación medida y inflación percibida. Por eso los bancos centrales insisten en que su objetivo es el índice general y presentan la subyacente como lo que es: una herramienta analítica, no una versión más amable de la realidad.

La segunda limitación es que la exclusión es rígida. Si la energía sube de forma estructural durante una década, excluirla no elimina ruido: elimina información. De ahí el interés creciente por medidas de media truncada y por indicadores de inflación "persistente" construidos con técnicas estadísticas más finas.

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