La curva de Phillips
La curva de Phillips describe una relación inversa entre inflación y desempleo: cuando baja el paro, suben los precios, y viceversa. Fue el eje de la política económica durante dos décadas, la estanflación la puso en crisis y hoy sobrevive en una versión mucho más matizada.
El hallazgo original
En 1958, el economista neozelandés A. W. Phillips publicó un estudio sobre el Reino Unido entre 1861 y 1957 en el que encontraba una regularidad notable: los años de desempleo bajo eran años de fuerte crecimiento de los salarios nominales, y los de desempleo alto, años de salarios estancados. La intuición era sencilla: el mercado de trabajo funciona como cualquier otro mercado, y cuando escasea la mano de obra, su precio sube.
Poco después, Paul Samuelson y Robert Solow trasladaron la relación de los salarios a los precios y la presentaron como un menú de opciones para el gobierno: se podía elegir entre más inflación con menos paro o menos inflación con más paro. Esa lectura convirtió la curva en la herramienta central de la política macroeconómica de los años sesenta.
Por qué falló en los setenta
La década de los setenta produjo lo que el menú declaraba imposible: inflación alta y desempleo alto al mismo tiempo, es decir, estanflación. Los puntos de inflación y paro, que en los sesenta dibujaban una curva limpia, se dispersaron en una nube sin forma.
La explicación había sido anticipada, antes de que ocurriera, por Milton Friedman y Edmund Phelps a finales de los sesenta. Su argumento —la hipótesis de la tasa natural— es que lo que importa a la hora de contratar y de fijar salarios no es el salario nominal sino el real, es decir, el nominal descontada la inflación esperada. Un gobierno puede reducir el paro por debajo de su nivel natural generando inflación sorpresa, porque los trabajadores tardan en darse cuenta de que su poder adquisitivo no ha mejorado. Pero solo funciona mientras la sorpresa dure: en cuanto las expectativas de inflación se ajustan, el paro vuelve a su nivel natural y lo único que queda es más inflación.
La versión corregida: no hay curva a largo plazo
De ahí salen las dos ideas que sostienen la macroeconomía actual:
- A corto plazo existe un intercambio entre inflación y desempleo, porque precios y salarios tardan en ajustarse.
- A largo plazo no existe. La curva de Phillips de largo plazo es vertical sobre la tasa natural de desempleo, o NAIRU (la tasa de paro compatible con inflación estable). Intentar mantener el paro por debajo de ella solo produce inflación creciente.
Es la razón por la que los bancos centrales no intentan "comprar" empleo con inflación mediante bajadas de tipos de interés: saben que el empleo comprado se devuelve y la inflación se queda.
La crítica de Lucas y el giro moderno
Robert Lucas añadió un argumento más profundo, hoy conocido como crítica de Lucas: una relación estadística observada en el pasado no puede usarse como palanca de política, porque los agentes cambian su comportamiento en cuanto la política cambia. La curva de Phillips era el ejemplo perfecto: era estable precisamente mientras nadie intentara explotarla.
La macroeconomía posterior reconstruyó la relación en forma de curva de Phillips neokeynesiana, donde la inflación de hoy depende de tres cosas: la inflación que se espera para mañana, la presión de la demanda (medida por la brecha de producción o por la holgura del mercado laboral) y los choques de costes, que son los que mueven sobre todo al índice general y no tanto a la inflación subyacente. Es una formulación que incorpora expectativas y microfundamentos, y es la que está detrás de los modelos que usan hoy el BCE y la Reserva Federal.
¿Se ha aplanado la curva?
Desde los años noventa, muchos estudios detectaron que la relación empírica entre holgura del mercado laboral e inflación se había vuelto muy débil en las economías avanzadas: el paro se movía mucho y la inflación, poco. Se habló de una curva "aplanada". Las explicaciones habituales son la credibilidad de los bancos centrales (con expectativas bien ancladas, la inflación deja de reaccionar al ciclo), la globalización y la mayor competencia, la pérdida de poder de negociación de los trabajadores y el peso creciente de sectores con precios menos sensibles al ciclo local.
El episodio inflacionista posterior a la pandemia matizó esa conclusión. Con un mercado laboral extremadamente tensionado y choques de oferta simultáneos, la relación pareció volver a activarse con fuerza, lo que sugiere que la curva no es plana sino no lineal: casi horizontal cuando la economía tiene holgura y mucho más inclinada cuando se acerca a su límite de capacidad. En esa región, un aumento adicional de demanda se traduce en precios y no en producción, que es exactamente lo que describen las causas de demanda de la inflación.
Qué queda en pie
La curva de Phillips ya no es un menú de política, pero sigue siendo un marco útil para tres cosas: entender por qué un banco central que quiere bajar la inflación normalmente tiene que aceptar un coste en empleo (la llamada ratio de sacrificio), explicar por qué la desinflación es más barata cuanto más creíble es el banco central, y recordar que la holgura de la economía importa aunque su efecto no sea constante. Su historia es también una lección metodológica: las regularidades empíricas en economía valen mientras no se conviertan en objetivos de política.