Inflación en Chile

Chile combina dos rasgos poco frecuentes: un banco central autónomo con un historial sólido de cumplimiento de su meta del 3 % y el sistema de indexación cotidiana más extendido del mundo, la unidad de fomento. Ambas cosas nacieron de la misma experiencia: décadas de inflación alta durante el siglo XX.

Cómo se mide

El Instituto Nacional de Estadísticas (INE) publica el IPC mensualmente, con una canasta actualizada de forma periódica a partir de la encuesta de presupuestos familiares y con cobertura nacional. Junto al índice general, difunde medidas de tendencia —la versión chilena de la inflación subyacente, que excluye alimentos y energía— que son las que sigue de cerca el banco central para decidir su política.

El Banco Central de Chile y la meta del 3 %

El Banco Central de Chile obtuvo autonomía constitucional a finales de los años ochenta, y su ley orgánica le encomienda velar por la estabilidad de la moneda y el normal funcionamiento de los pagos. Fue uno de los primeros bancos centrales emergentes en adoptar un esquema de metas de inflación, con una transición gradual durante los noventa que culminó a comienzos de los dos mil con tipo de cambio plenamente flotante.

Su objetivo es una inflación anual del 3 %, con un rango de tolerancia de un punto a cada lado y, sobre todo, con un horizonte de política de dos años: el compromiso no es estar en el 3 % cada mes, sino que las proyecciones converjan a esa cifra en ese plazo. La herramienta principal es la tasa de política monetaria, y el banco publica un Informe de Política Monetaria trimestral que incluye su propia senda proyectada de tipos, una práctica de transparencia que refuerza el anclaje de expectativas.

Del caos a la estabilidad

Chile vivió inflación alta y persistente durante gran parte del siglo XX, con un episodio extremo a comienzos de los años setenta, cuando la inflación alcanzó cifras de tres y cuatro dígitos en el contexto de una crisis económica y política profunda. Fue una de las experiencias inflacionistas más agudas de América Latina fuera de las hiperinflaciones clásicas.

La desinflación fue larga y con recaídas: los años ochenta arrancaron con una crisis financiera y cambiaria severa, y solo a partir de los noventa, con el banco central ya autónomo y el esquema de metas en marcha, la inflación descendió de manera sostenida hasta situarse establemente en un dígito bajo. Desde entonces, Chile figura entre las economías emergentes con mejor historial de estabilidad de precios, con episodios de desviación asociados a choques externos: el precio del cobre, la energía importada y las fuertes oscilaciones del peso frente al dólar.

El tipo de cambio es, de hecho, el canal más característico de la inflación chilena. Se trata de una economía pequeña, muy abierta y dependiente de un puñado de exportaciones de materias primas: cuando el peso se deprecia, los bienes importados se encarecen y la inflación sube con un retardo de unos trimestres. Es el canal cambiario de la transmisión monetaria operando en estado puro.

La UF: indexación en dosis diarias

La unidad de fomento, creada en 1967, es una unidad de cuenta cuyo valor en pesos se reajusta todos los días siguiendo la inflación del mes anterior. No es una moneda: no existen billetes de UF ni se paga con ella. Es un patrón de medida de valor constante.

En la práctica, casi todo lo importante y de largo plazo en Chile está denominado en UF: los créditos hipotecarios, los seguros de vida, las pensiones, buena parte de los arriendos comerciales, los aranceles de la educación superior y una parte relevante de la deuda pública y corporativa. Un chileno negocia su sueldo en pesos, pero su hipoteca en UF.

La ventaja es evidente: elimina el riesgo de inflación de los contratos largos y permite que existan mercados de crédito a treinta años incluso cuando la inflación no es perfectamente estable. La contrapartida es que institucionaliza la indexación, propaga cualquier choque de precios hacia los pagos futuros y complica las desinflaciones rápidas, un efecto emparentado con el descrito en espiral precios-salarios.

Qué significa para un hogar chileno

La UF traslada el riesgo de inflación del acreedor al deudor, justo al revés que en una hipoteca a tipo fijo en pesos o en euros. Quien tiene un crédito hipotecario en UF ve crecer su deuda nominal con la inflación, así que no se beneficia del mecanismo descrito en inflación e hipotecas: su deuda está protegida contra la erosión inflacionaria desde el punto de vista del banco. A cambio, los tipos de interés que paga son reales y notablemente más bajos que los nominales que se aplicarían sin indexación.

Para el ahorrador, el sistema tiene la ventaja de que existen depósitos e instrumentos denominados en UF, es decir, con rentabilidad real garantizada por contrato: una posibilidad que en muchos países solo ofrecen los bonos indexados del Tesoro, como se explica en inflación y ahorro.

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