La crisis de los años 70
La década de los setenta rompió el consenso económico de la posguerra: inflación de dos dígitos y desempleo alto a la vez, algo que los modelos vigentes declaraban imposible. De aquella experiencia salieron los bancos centrales independientes, los objetivos de inflación y casi todo lo que hoy damos por sentado en política monetaria.
El punto de partida: el fin de Bretton Woods
Desde 1944, el sistema monetario internacional descansaba en un acuerdo: el dólar era convertible en oro a un precio fijo y las demás monedas se vinculaban al dólar. Era el ancla nominal del mundo entero.
Ese ancla se soltó el 15 de agosto de 1971, cuando Estados Unidos suspendió unilateralmente la convertibilidad. Los intentos de recomponer el sistema con nuevas paridades fracasaron y en 1973 las principales monedas pasaron a flotar. Por primera vez en la historia moderna, ningún país tenía una restricción externa que limitase la creación de dinero: la disciplina dependía solo de cada banco central, y la mayoría no estaba preparada para asumirla.
Los dos choques del petróleo
1973. Tras la guerra del Yom Kipur, los países árabes de la OPEP decretaron un embargo y recortaron la producción. El precio del crudo se multiplicó aproximadamente por cuatro en pocos meses. Para unas economías que habían crecido dos décadas con energía abundante y barata, el golpe fue estructural.
1979. La revolución iraní interrumpió de nuevo el suministro y el precio volvió a duplicarse largamente. Llegaba cuando la inflación de la primera crisis aún no se había digerido y cuando las expectativas ya estaban desancladas.
Un encarecimiento súbito de la energía es el ejemplo canónico de choque de oferta: sube los precios y, al mismo tiempo, reduce la producción. Es decir, produce inflación y recesión simultáneas: estanflación.
Por qué se hizo persistente
Un choque de oferta, por sí solo, genera un salto de precios y se agota. Que se convirtiera en una década de inflación alta se debió a tres factores añadidos:
- Indexación generalizada. Con convenios colectivos ligados al índice de precios y sindicatos fuertes, la subida de la energía pasaba automáticamente a los salarios, de ahí a los precios y de vuelta a los salarios. La espiral precios-salarios en su versión de manual.
- Política monetaria acomodaticia. Los bancos centrales, sin mandato antiinflacionista explícito y bajo presión política para sostener el empleo, validaron la subida de precios en lugar de contenerla. En Estados Unidos, la Reserva Federal de aquellos años subía tipos ante los repuntes de inflación y los bajaba en cuanto aumentaba el paro, un patrón de arranques y frenazos que destruyó su credibilidad.
- Un error de diagnóstico. Se sobrestimó de forma sistemática el crecimiento potencial. Los responsables creían tener holgura para estimular cuando el encarecimiento energético había reducido la capacidad productiva de forma permanente, de modo que el estímulo se traducía en precios y no en producción.
El resultado fue que las expectativas de inflación se desancoraron. Cuando eso sucede, la inflación deja de necesitar el choque original: se sostiene sola.
La desinflación de Volcker
Paul Volcker asumió la presidencia de la Reserva Federal en agosto de 1979, con la inflación estadounidense en camino de superar el 14 % interanual. En octubre anunció un cambio de procedimiento operativo: la Fed pasaría a controlar el crecimiento de los agregados monetarios y dejaría que el tipo de interés se moviera donde tuviera que moverse. Era una manera de asumir públicamente subidas que ningún banco central se había atrevido a acometer.
El tipo de los fondos federales llegó a niveles próximos al 20 % en 1981. Las consecuencias fueron inmediatas y muy duras: dos recesiones consecutivas, un desempleo estadounidense que superó el 10 %, quiebras masivas de industrias y agricultores y una crisis de deuda en América Latina, que se había financiado en dólares a tipo variable y vio dispararse su carga financiera.
Pero funcionó. La inflación estadounidense cayó a un dígito bajo en pocos años y no volvió a niveles comparables durante casi cuatro décadas. La lección quedó grabada: romper unas expectativas desancladas es posible, pero cuesta una recesión. Ese coste, medido como puntos de desempleo necesarios por cada punto de inflación reducido, es lo que los economistas llaman ratio de sacrificio.
Qué quedó de aquella década
Todo el andamiaje de la política monetaria contemporánea es una respuesta a los setenta:
- Independencia del banco central, para que la decisión no dependa del calendario electoral.
- Objetivos de inflación explícitos y públicos, para dar un ancla nominal que sustituyera a la que se perdió con el oro.
- Prioridad al anclaje de expectativas, después de comprobar lo que cuesta recuperarlas.
- Desconfianza hacia la indexación automática de salarios y contratos.
- Abandono de la curva de Phillips como menú de política: la relación entre inflación y paro dejó de verse como algo explotable, según se detalla en la curva de Phillips.
No solo Estados Unidos
El Reino Unido vivió la peor inflación de las grandes economías avanzadas, con tasas que superaron el 20 % anual a mediados de la década y un rescate del FMI en 1976. En España, la crisis del petróleo coincidió con la transición política, y la respuesta fueron los Pactos de la Moncloa de 1977, un acuerdo de rentas que sustituyó la inflación pasada por la inflación prevista como referencia salarial, un mecanismo diseñado precisamente para romper la inercia; la historia completa está en inflación en España, y el detalle del caso estadounidense, en inflación en Estados Unidos.